Si un estudiante de bachillerato va un día a la Universidad y asiste a una clase de doctorado en la que se está tratando una materia especialmente compleja, no debería extrañarse si ve que a veces pierde el hilo de la explicación (suponiendo que en algún momento llegara a encontrarlo). Le parecerá lo más natural, puesto que esa materia le supera por completo.
Algo parecido podría decirse que sucede con la comprensión sobre la naturaleza de Dios que puede alcanzar el hombre.
Si ese estudiante de nuestro ejemplo dijera que todo lo que ha oído en esa clase es mentira por la sencilla razón de que él no entiende nada, habría quizá que hacerle ver –educadamente, por supuesto– que su capacidad de entender las cosas no es quien concede la verdad a esas cosas. La verdad no está obligada a ser entendida completamente por todas las personas. Y esto no es decir que sean tontas, ni renunciar a la razón, sino simplemente constatar que tenemos limitaciones.
Aquel profesor –volviendo a nuestra comparación– podrá hacer aproximaciones a esa verdad, con ejemplos o simplificaciones más o menos afortunadas que ayuden a que el estudiante lo entienda. Y también podrá rebatir, con mayor o menor acierto pedagógico, las objeciones que el chico ponga. Pero no logrará hacerle entender todas las clases perfectamente y hasta sus últimas consecuencias. Porque está a otro nivel.
Pensar que uno es tan listo como para abarcar por completo a Dios es de una ingenuidad tan pasmosa como presuntuosa. Más o menos, como si el estudiante de nuestro ejemplo pensara que ha entendido perfectamente todo lo que ha escuchado en esa clase (probablemente entonces habría entendido algo distinto a lo que realmente se explicó).
Si alguien dice que Dios no existe porque no cabe por completo en su cabeza, habría que hacerle considerar que si Dios cupiera por completo en su cabeza, quizá entonces ya no sería Dios. Y eso no tiene nada que ver con la posibilidad de la razón humana de demostrar la existencia de Dios. La razón es capaz de llegar a Dios, pero demostrar la existencia de Dios no es abarcar completamente a Dios.
Para creer, hay que reconocer humildemente –y sé que es difícil ser humilde– la limitación de la razón humana. Así podremos acercarnos a algo que es muy superior a nosotros.
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